viernes, 11 de noviembre de 2011

Armonizando la imagen.

El sonido, ondas resonando a magnitudes diferentes en nuestros oídos, creando emociones primitivas que a veces, y posiblemente las imágenes por sí solas no puedan lograr con total éxito. El sonido, forma parte primordial de la memoria, de los recuerdos almacenados y la forma en que ahí los guardamos.


Cuando aún somos niños nos enseñan la foto de un gallo y la manera en que la relacionamos en nuestro archivo de nuevos aprendizajes es por medio de la
onomatopeya. Siendo así que la imagen del gallo viene relacionada a nuestra mente hasta el "quiquiriquí", la del perro hasta el "guau guau" y así con el resto de reino animal. Es a partir de aquí que el sonido se convierte en la mera confirmación de qué vemos y cómo entra catalogado en nuestra memoria.


La
hermenéutica del sonido trasciende más allá de la confirmación y el respaldo, su entendimiento y capacidad comunicativa se eleva hasta la base, lo sensorial y lo "pictórico" de la imágen. Si en el cine hemos entendido que la técnica visual, crea ambientes más realistas o fantásticamente reales, el sondio pareciera matizar, más allá de confirmar, los ambientes. Es similar a la sinestesia creada por el olor en la vida real. Cuando olemos una loción o perfume e inmediatamente recordamos a la abuelita/o y sus manos agrietadas, la madre/padre y el tono con que pronunciaban nuestro nombre o el primer amor acompañado del primer beso. Pero hasta que no podemas oler la pantalla, el sonido crea esta emotividad, crea la texturización de los colores del atardecer de verano, la temperatura de la nieve y la emotividad de la muerte.


Por un lado tenemos el escenario primaveral, con el clásico sonido melódico de las aves que crean los tonos acuarela de la ambientación. Pero que con la inclusión de agudos chirridos de cigarras humedecemos y aumentamos la dencidad del aire, haciendonos dificil respirar. Existen en los sonidos un equilibrio y un contrario. Para la relajación, la comodidad y los matices aduraznados existen los sonidos aterciopelados, que son sutiles, suaves, que conllevan un ritmo. Para lo abrupto, lo estrepitoso y los tonos eléctricos se utilizan los fuertes, graves o agudos extremos, los violadores, aquellos que poseen un esquema errante e impredecible.


Es entonces, un recurso sino olvidado por el cine, menospreciado en su capacidad empática del espectador. Si entenemos que el principal orgullo de un realizador audiovisual, es la empatía del público hacia el extracto de imaginario del autor, debemos entender pues que el sonido nos refuerza la empatía. Que el sonido puede movernos, de manera conciente o inconciente para el espectador, de maneras que la imágen únicamente puede tratar de hacer alusión. Ésta es la belleza de los tonos cálidos y suaves que nos presenta la aterciopelada forma del amor con una balada. O cómo lo chirriante del violín rompe y desgarra violentamente nuestra tranquilidad y aumenta las palpitaciones. Es la manera en que el sonido, en todas sus tonalidades artificiales o primitivos, nos figura colores mentales abtractos que nos ayudan a dibujar una acuarela vívida de la narrativa visual.

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